El proceso del aprendizaje no ocurre sólo en la cabeza: comienza en el cuerpo, pasa por las emociones y después llega al pensamiento.
La biología y la neurociencia nos hablan de la “integración sensorial”. El cerebro necesita experiencias claras, repetidas con sentido y en un ambiente tranquilo para organizar lo vivido y transformar esa experiencia en comprensión.
Cuando somos niños necesitamos movernos, trepar, equilibrarnos, sentir nuestro cuerpo, estar en espacios con luz, color y sonido cuidados, encontrarnos con adultos que estén presentes, que escuchen, respeten y miren de verdad.
Con ello, los niños fortalecen sus sentidos, regulando su sistema nervioso y preparando un terreno fértil para lo que aprenderán después.
Educar los sentidos es educar la manera en que habitamos el mundo.
Pero ¿cuántos sentidos tenemos? Hemos aprendido que son cinco los sentidos físicos que necesitamos para percibir e integrar el mundo.
Pero la ciencia de la Antroposofía que nos dejó el filósofo, poeta, musicólogo, escritor, esoterista, etc. Rudolf Steiner (fundador de la Antroposofía como corriente espiritual y filosófica, fundador de la Pedagogía Waldorf, de la Agricultura Biodinámica, de la Medicina Antroposófica y de la Euritmia), nos enseña una forma diferente de mirar al ser humano.
Los sentidos básicos, corporales o de la voluntad, son:
- Tacto
- Sentido de la vida (Bienestar)
- Movimiento propio
- Equilibrio
Estos sentidos nos ayudan a sentir el cuerpo, su energía y su orientación en el espacio. Cuando los cuidamos, sentimos confianza para habitar el propio cuerpo, seguridad y nos podemos sentir a nosotros mismos.
Los sentidos medios, anímicos o del sentir, son:
- Olfato
- Gusto
- Vista
- Sentido del Calor
Con estos sentidos comenzamos a interrelacionarnos con el mundo exterior y “penetrar” en las cosas. A parte de captar información, nos dicen si un lugar se siente acogedor o frío, amable o abrumador (simpatía/antipatía).
Los sentidos superiores o espirituales son:
- Oído
- Lenguaje Ajeno
- Pensamiento Ajeno
- Yo Ajeno
A través de ellos percibimos el tono, la intención y el mundo interior del otro. Establecemos empatía y vínculo humano. Llegamos al alma de las cosas y seres.
Cuidar los sentidos y nutrirlos nos ayuda a confiar, sentir seguridad, concentrarnos, confiar, escuchar y aprender; aceptar conceptos nuevos y ser flexibles y empáticos. Nos aportan equilibrio al sistema nervioso.
El Sentido Visual
Es prioritario en la sociedad actual. Lamentablemente en detrimento de los demás.
La vista está relacionada con lo neurosensorial.
El ojo percibe el color principalmente. El movimiento del ojo nos ayuda a percibir la forma.
El ojo y el sentido de movimiento o cinestésico, si bien funcionan de forma diferente, colaboran estrechamente. No hay ningún acto visual que no vaya acompañado de movimiento muscular inconsciente.
Por ejemplo, mira a la figura de arriba. Para poder detectar la forma, el ojo necesita moverse alrededor de la misma, aunque no seamos conscientes.
Cultivo del Sentido de la Vista
Como hemos comentado anteriormente, la vista corresponde a los “sentidos medios”, que nos ofrecen la posibilidad de percibir lo que la naturaleza quiere manifestarnos (luz, sombras, colores, sabores, calor, frío…)
Practicando el “mirar bien” las cosas naturales, podremos experimentar poco a poco los efectos sensorio-morales del color (Goethe).
Dentro del mundo del Arte, la pintura vitaliza a los ojos, por ejemplo, en la entrega contemplativa a las obras de arte pictórico, y nos capacita para unirnos a la naturaleza de una manera mucho más viva que antes.
Hemos de destacar que esto no ocurre tras alguna película, pues perdemos vitalidad ocular. Las pantallas, la TV, Internet, los teléfonos móviles, atacan a nuestro organismo motriz y nuestro sentido cinestésico con movimientos automáticos, desecando en cierto modo nuestro proceso vital.
Ya desde el Dr. William Bates (pionero de la Educación Visual Natural, 1860-1931) y pasando por todos los maestros de educación visual, sabemos que la visión externa está apoyada en la visión interna, es decir, “Imaginar es Ver”.
¿Qué es la visión interna y cómo se cultiva?
La visión interna es el asombro, la observación, la emoción ante el mundo que nos rodea, nuestro sentir, y forma parte de nuestro universo íntimo.
En el proceso de maduración, los seres humanos pasamos por varias etapas:
En el proceso de maduración, los seres humanos pasamos por varias etapas:
- En una primera etapa, nuestra imaginación es pictórica.
- Necesitamos vivir las verdades íntimas de los hechos naturales, porque somos uno con el mundo. (Ej.: la relación de la abeja o de la mariposa con la flor. Los animales y sus costumbres. Las plantas. Los ríos. Las montañas, etc.)
- En una segunda etapa, vamos desarrollando el pensamiento intelectual y nos vamos “alejando” del mundo. Aflora a los 9-10 años. Experimentamos el mundo más alejados. Ahora necesitamos vivir con “emoción” el mundo.
- Pasamos de la visión interna a la percepción externa. (Ej.: ¨Cómo el trabajo humano da resultados en el mundo, la labor del campesino, cómo se construye una casa, cómo se trabaja la arcilla, la madera, etc.) Conectamos con la práctico-real.
- Ya en una tercera etapa, el ser humano va dirigiéndose más hacia los fenómenos externos: la física, los experimentos (que nos llevan a descubrir los secretos de la naturaleza).